“Pagad pues, a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22-21).
Muchos cristianos pueden verse tentados a creer que en esta frase, la Revelación impone sobre ellos una decisión fatal: o eres del César o eres de Dios. Con envidiable cautela, católicos y protestantes han elegido vivir su Fe y renegar de la sucia actividad política. Pues estas no son cosas de Dios.
Y en algo tienen razón: la política es sucia. Los gobiernos del mundo se declaran la guerra, prohíben los elementos de culto en las escuelas, aprueban leyes en pro del aborto y del matrimonio entre homosexuales, todo esto mientras los niños negros se mueren de hambre en el África y las mujeres son violadas frente a sus hijos en el ocupado Irak. ¡Que malo está el mundo, qué malos son los políticos!
Pero ¡Momento! ¿En dónde está Dios? ¿Dónde están sus apóstoles? Pues orando encerrados en sus templos o predicando en misiones piadosas a pueblitos olvidados, por cierto, pues la política es mala.
Grave error. Lo que Jesucristo quiere decirnos, es todo lo contrario; den al César sus impuestos, sean buenos ciudadanos y a la vez, denle a Dios oración y alabanza, prediquen el Evangelio y practiquen la Caridad. Un buen cristiano ama a Dios y sirve a su patria, porque un buen cristiano es tan seguidor de Jesús los domingos en la Misa, como de lunes a viernes en su trabajo, aun cuando éste se llame “servicio público” o simplemente “política”.
No hay pretextos para no ser un buen y activo ciudadano, ni ser Papa, ni ser monja de claustro. ¿O acaso olvidamos que cada cuatro años las hermanas carmelitas de clausura salen de su convento para ir a emitir su voto como cualquier ciudadana?
Sin duda el mejor ejemplo lo encontramos en Juan Pablo II, un líder carismático, de sólida preparación intelectual, cuyo activismo político en Europa oriental –en especial en su natal Polonia- cambió para siempre el rumbo de la historia universal contemporánea.
No debemos olvidar que la humanidad ha sido testigo del auge y caída de numerosas revoluciones que prometían cambiarlo todo, y sin embargo solo una perdura hasta nuestros días: la revolución del Amor, cuyo aniversario conmemoramos en semana Santa, con la muerte y resurrección de Jesucristo, el primer y verdadero revolucionario.
-En la foto, Juan Pablo II El Grande, y su Secretario de Estado, Agostino Card. Casaroli-





Este ha sido un error grande de nuestras iglesias cristianas. Pero actualmente hay un mover en todo Chile. La iglesia evangelica dejó de estar encerrada en sus iglesias, y esta nueva generación lleva hoy el liderazgo en un cambio que determina una acción participativa en el acontecer politico nacional. Asi han nacido movimientos como Isacar, que tiene su pagina y blog. http://www.movimientoisacar.cl y http://www.movimientoisacar.blogspot.com. No obstante estos solo se han comprometido en opinar y hacer campañas sobre temas puntuales, gravitantes, no se han decidido a llevar acciones de representación de candidatos para las diferentes elecciones en el país. Sin embargo, existen alcaldes y concejales cristianos evangelicos, que han asumido la responsabilidad de mostrar que las cosas se pueden hacer en forma honesta, transparente y responsable. Es de esperar que pronto veamos a partidos cristianos ir asumiendo la responsabilidad parlamentaria, pues si queremos que nuestro pais sea mejor, debemos dejar que Dios guie a nuestros gobernantes, para ello, los gobernantes deben reconocer que existe un Dios que está por sobre todos nosotros y que nos da las pautas de vida, los principios por lo que debemos regirnos, los que al aplicarlos, haran de nuestra patria una patria prospera, bendecida y libre de toda corrupción.
La Iglesia evangelica tiene a gente idonea para asumir esta responsabilidad. Ya no debe versela como un conglomerado de gente ignorante, pués Dios ha permitido que el evangelio llegue a todos los niveles y que de todos los estratos sociales floresca un contingente de profesionales, muchos de ellos con post grados, que han sido movidos a entender su mision y responsabilidad en los eventos que determinan el curso politico, social y economico de la patria.